sábado, 31 de octubre de 2009

Un premio para la economía práctica


El Premio Nóbel de Economía entregado hace un par de semanas a Elinor Ostrom y Oliver Williamson me pareció a primera vista una buena elección. Ahora pienso que fue una excelente decisión. La razón es que la corriente económica predominante se ha vuelto extremadamente matemática y cada vez más aislada de la realidad. Muchos economistas se sientan en sus oficinas y derivan pruebas. Pocos salen y hacen el tedioso trabajo de examinar las estructuras institucionales que construyen los seres humanos para resolver sus problemas de la vida real. Entre estos pocos, están Ostrom y Williamson.

Las investigaciones de ambos dependen de valiosa información fuera del campo de la economía. Ostrom deriva mucho de ésta a partir de estudios de caso sobre recursos de propiedad comunal, y Williamson de historiadores de negocios tales como el difunto Alfred Chandler. Algunos han resumido sus investigaciones afirmando que las instituciones alternativas al libre mercado funcionan muchas veces bien. Pero esa aseveración puede llevar a la conclusión errónea de que las soluciones gubernamentales son la respuesta. Los mercados libres son solo un subconjunto de las instituciones libres.

Una mejor manera de resumir su trabajo es señalando que lo que Ostrom y Williamson realmente demuestran es que las asociaciones voluntarias funcionan.

Veamos el trabajo de Williamson. Partiendo de las investigaciones de Ronald Coase, Premio Nóbel de Economía de 1991, acerca de porqué existen las empresas, Williamson mostró que estas instituciones voluntarias existen para resolver problemas que son difíciles de solucionar mediante transacciones de mercado impersonales.

Tenemos, por ejemplo, una mina de carbón que depende de una línea de tren para despachar su producción. Antes de que el dueño de la mina logre desarrollarla, quiere estar seguro de que el propietario de la línea de tren no cobrará un precio de monopolio. Antes de que el potencial dueño del tren construya los rieles, él quiere estar seguro de que el dueño de la mina, su único cliente, no tratará de aprovecharse de él pagando un precio por debajo de la cantidad que lo compensaría por su alto costo fijo. La solución: integrar verticalmente. Que el dueño del tren también sea el dueño de la mina y así soluciona el problema.

Antes del trabajo de Williamson, muchos juristas y economistas habían visto a la integración vertical como una manera de adquirir poder de mercado. Este argumento tenía poco sentido, como lo indicaran los académicos especializados en antimonopolio Robert Bork y el difunto Ward Bowman, ya que es difícil multiplicar el poder de mercado utilizando la integración vertical. Como señaló el comité del Nóbel, el trabajo de Williamson derivó en menos preocupación acerca de que la integración vertical aumente el poder de mercado y esto ha causado que jueces y reguladores antimonopolio sean menos hostiles a la integración vertical.

Aunque el comité del Nóbel no resaltó el artículo clásico de 1968 de Williamson, “Economías como defensa antimonopólica”, yo lo haré. En él, Williamson demostró que las fusiones horizontales de empresas en la misma industria—inclusive aquellas que aumentan el poder de mercado y en las que esta situación resulta en un precio más alto—pueden generar eficiencia. La razón radica en que si las fusiones reducen los costos, la reducción de éstos puede crear más ganancias para la economía que las pérdidas incurridas por los consumidores por su precio más alto.

¿Y qué hay del trabajo de Ostrom? Muchos economistas conocen el clásico artículo del difunto Garrett Hardin, “La tragedia de los comunes”. Su idea era que cuando nadie es dueño de un recurso, es sobre-explotado ya que nadie puede controlar su uso y cada persona tiene el incentivo de consumirlo antes que otros. Esta idea nos ha ayudado a comprender bastante el comportamiento humano y ha llevado a que muchas personas clamen porque el recurso sea propiedad privada o controlado por el Estado.

No tan rápido, dijo Ostrom. Examinando docenas de estudios de caso, ella encontró ejemplos de propiedad comunal que funcionaban—esto es, que no derivaron en los resultados trágicos previstos por Hardin—así como otros que no funcionaron. ¿Había diferencias sistémicas? Sí, e interesantemente los que funcionaban tenían una especie de sistema de derechos de propiedad, solamente que no era el de propiedad privada.

Basándose en sus investigaciones, Ostrom propuso varias reglas para administrar recursos comunales, las cuales, el comité del Nóbel ha resaltado. Entre ellas están reglas que claramente deberían definir quién obtiene qué, métodos efectivos para resolver conflictos, la obligación de que la manutención del recurso debería ser proporcional a los beneficios que las personas derivan de su uso, que el monitoreo y castigo sea realizado por otros usuarios o por alguien que está sujeto a una rendición de cuentas para con éstos, y que los usuarios se les permita participar en el diseño y la modificación de las reglas. Nótese la ausencia de soluciones gubernamentales impuestas desde arriba. En su trabajo acerca de economía del desarrollo, Ostrom concluye que las soluciones impuestas desde arriba hacia abajo no ayudan a los países pobres. ¿Estás escuchando, Banco Mundial?

En un artículo escrito con Harini Nagendra, Ostrom escribió: “Concluimos que las fórmulas sencillas acerca de la propiedad formal, particularmente aquella basada enteramente en la propiedad pública [estatal] de las tierras forestales, no resolverá el problema del uso del recurso”. Garth Owen-Smith, quién ayudó a resolver el problema de la propiedad común de los elefantes en Namibia al asegurar a los habitantes locales beneficios financieros compartidos del turismo y de la caza de trofeos, se basó en gran medida en el trabajo de Ostrom. Si los locales se benefician teniendo una población de elefantes, es mucho menos probable que los maten y mucho más probable que prevengan que otros lo hagan.

David Henderson

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