martes, 29 de julio de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: mi encuentro con el libro "Capitalismo y libertad"

Hay libros que, como dicen, a uno “lo marcan”. Claro que esa marca puede ser para bien o para mal, pero estoy seguro de que, en este caso, fue de gran provecho; de enorme beneficio para mi inteligencia, mi entendimiento. Esa es la situación con el libro de Milton Friedman, Capitalismo y Libertad (Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1967), publicado originalmente en 1962; o sea, hace poco más de 50 años. Lo estoy releyendo a estas alturas de mi partido, pero al hacerlo siento una revitalización de mi ideario. Pero en esta ocasión no expondré los principales planteamientos que se expresan en ese libro –espero hacerlo después, si Dios me mantiene con vida y en capacidad de hacerlo. Hoy deseo describir el impacto emocional personal, que derivé de la lectura de esa obra, que leí a inicios de 1968, cuando estudiaba Economía, como becario de la Escuela de Economía de la Universidad de Nuevo León, en Monterrey, México.

Resulta que en 1968 se exhibió en los cines de Monterrey, una película dirigida por François Truffaut, titulada Fahrenheit 451, basada en la novela del mismo nombre del famoso escritor de ciencia ficción, Ray Bradbury, quien la publicó en 1953. Se conoce a dicho género como una “distopía” o una “anti-utopía”, pues trata de una ficticia utopía indeseable, enemiga de la libertad del ser humano. En resumen, el tema de la película es acerca de una sociedad en la cual los bomberos ejercen el poder totalitario, al ser su objetivo primordial la quema de libros, dado que el gobierno (supuestamente allá por el año 1990) consideraba que la lectura de libros impedía que los hombres (y mujeres) fueran felices. 451 grados Fahrenheit equivalen a 233 grados centígrados, la temperatura a la cual los libros arden. De acuerdo con el estado, la lectura provocaba en los individuos angustia e insatisfacción, derivadas, al tener que pensar, de la crítica a la realidad y, por tanto, a la crítica que se le hacía a ese mismo estado. Éste, en buen socialismo fascista, es el que les brinda la felicidad a los ciudadanos y, por lo tanto, debe privarles de la lectura, pues les mortificaba y les hacía infelices.

Guy Montag es un bombero quien, al observar lo que sucedía al quemar los libros, termina por huir hacia los bosques, en donde encuentra a un personaje Granger, quien dirige a un grupo de personas, las cuales, para no cometer un delito por la posesión de un libro, escogen aprenderse de memoria dicha obra y asumen como su nombre, en vez del anterior, el del libro que escogieron leer y ser. Son los hombres-libro. Ellos transmitirán oralmente el contenido del libro hasta que, en algún día futuro, se le pueda volver a imprimir.  

Montag huye con un libro en sus manos y llega adonde está Granger, quien lo guía por diferentes personajes-libros. Así, alguien le dice a Montag “Yo soy La República de Platón”. Otro se le ofrece por si quiere leer a Marco Aurelio. Un tal ex-señor Simmons es Marco Antonio. Jonathan Swift, Mr. Darwin, Schopenhauer, Einstein, Albert Schweitzer, Aristófanes, Ghandi, Sófocles, Milton, Buda, Confucio, Thomas Love Peacock, Jefferson, Lincoln, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, entre otros, desfilan ante los ojos de Montag, así como lo hacen la Constitución de los Estados Unidos y la Carta Magna.  Montag escoge memorizar y ser la Biblia.

Aquella Escuela de Economía que mencioné en el primer párrafo de este comentario, hoy sería calificada de antro de nerdos, ratones de biblioteca. Bueno, entonces podrán imaginar que, ante la moda cinematográfica de aquel momento, a Jorge Corrales le empezaron a llamarlo “Capitalismo y Libertad”, porque, sin duda, si fuera Montag, “ese es el nombre que Corrales escogería ser”.  Me encantó la imaginación de mis compañeros, pero tal vez hoy sería algún otro libro, a pesar del inmenso aprecio que tengo por aquella memorable publicación de Milton Friedman. Y no hay duda de que mi apego por esa obra se acrecentó aún más, que el que le tenía por una simple lectura, al llamárseme afectuosamente con su nombre, al menos por un corto tiempo.

Jorge Corrales Quesada

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