lunes, 28 de abril de 2014

Tema polémico: la doble moral religiosa

Recientemente, el Presidente electo de la República, Luis Guillermo Solís, hizo pública una serie de nombres que conformarán su Gabinete en el nuevo Gobierno que iniciará próximamente y uno de los que más revuelo ha causado es el de Melvin Jiménez como Ministro de la Presidencia. 

Además de ser sociólogo y estratega de la campaña de Solís, desde las primarias del PAC, Jiménez es pastor luterano, lo que ha encendido las alarmas tanto de los católicos como de los progresistas. 

Los católicos han señalado, con razón, que si fuese un nombramiento de un sacerdote de esa denominación religiosa, las protestas y críticas no se habrían hecho esperar: por todos lados, ciudadanos contrarios a la confesionalidad del Estado reclamarían el desaguisado y exigirían que se echara atrás esa decisión. Sin embargo, al tratarse de un miembro de otra iglesia, pareciera ser que todo el mundo guarda silencio, en especial los progres, quienes prefieren no referirse al tema. Entonces, para ellos, está mal que un sacerdote católico tenga un cargo de Ministro pero no hay problema si se trata de un luterano. La coherencia y consistencia en cuanto a la securalización del Estado es tan frágil para los progresistas como la cáscara de un huevo. 

Pero también resulta curioso que, en esta competencia de doble moral, la Iglesia Católica reclame por la participación de otra denominación religiosa en cargos de Gobierno cuando sus propios representantes han tenido muchísimo poder político desde hace siglos y atacan con todas sus fuerzas y bajo amenaza de perder el alma, acusando de servir al diablo a todos aquellos que claman por la separación definitiva de los asuntos del Estado y de la Iglesia. Entonces, para ellos, está mal que los luteranos tengan algún rol preponderante en política pero no hay problema que la Iglesia Católica haga y deshaga a su antojo en la política nacional.

Sin duda, por todo lado tenemos una doble moral, cosa que parece cada vez más enquistarse en la vida de los costarricenses. Por todo lado se mira la paja en el ojo del "otro" pero se soslaya la "viga" en el propio. Hipocresía, simple y llanamenta, que por desgracia está muy presente en casi cualquier discusión en este país. 

El Estado y los asuntos públicos deben estar separados de cualquier religión. Cada quien debe tener el derecho de creer o no creer y participar en la vida pública sin que esto signifique ventajas indebidas ni discriminación para determinada denominación. Esta necesidad trasciende el debate puntual acerca de la constitucionalidad o no del nombramiento de Jiménez pues ni siquiera deberíamos estar discutiendo eso, sino la secularización total del Estado. 

Gabriel García Márquez ha muerto, pero su Macondo sigue cada día más vivo en Costa Rica. Solo aquí pueden presentarse estas situaciones propias del realismo mágico.

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